lunes, 31 de enero de 2011

PORTUGAL, UN BARCO VERDE



Los amores nacen de modo imprevisible. El mío por Portugal nació del idioma. Había residido un tiempo en Brasil, donde llegó a darse el caso de tener que enseñar el carné para que creyesen que era extranjero. Me gustaba tanto la dulce música de la lengua, que cuando volví a vivir en España debía correr a Portugal cada dos por tres, para no olvidarla.
Iba tanto, que me obligaba a cambiar de ruta y así fui descubriendo bahías cálidas, acogedoras, golosas de mariscadas y “sapateiras” preparadas, y montañas pobladas de titanes en Serra da Estrela, y monasterios con misteriosos monjes ansiosos de descubrimientos por Belmonte, y bosques encantados de elfos merendando bacalhau a bras por los aledaños de Viseu. Con el tiempo, me di cuenta de que Portugal es un barco verde, que proyecta la proa ibérica hacia legendarios océanos surcados por bandeirantes soñadores. En metáforas, como en aquel pasodoble, verde es el Tajo y rojo es el vino de O Porto.
Pero sobre todo, hay un verde lorquiano que perfuma el aire desde Tras o Montes a San Vicente y desde el Miño a Vila Real de Santo Antonio. Un día, me pilló una tormenta de ésas que lanzan cataratas contra el parabrisas. Salía de Porto hacia Lisboa, pero tuve que abandonar la autovía y parar en un pueblo llamado Agulha, a esperar que escampase. Alguien me vio desde una ventana en el coche atormentado por el granizo, y afrontando el temporal, bajó a golpear la ventanilla, diciéndome “não fica aí sozinho, venha a beber un copo de vinho”. Era una familia joven, con dos hijos; con ellos disfruté una de las tardes más inolvidables de mi vida.

domingo, 30 de enero de 2011

EL DEBER DE HONRAR A NUESTROS MÁRTIRES

En Málaga, donde con tanta frecuencia perdemos la memoria, por fortuna se habla mucho actualmente de uno de los episodios más atroces que nos ha tocado vivir.

Aquí, una ciudad a medio camino entre el paraíso y el abismo, actúan fuerzas extrañas; deben de ser una suerte de demonios revoltosos y pícaros aliados con ángeles circunspectos, dedicados en cuerpo y alma, sobre todo en alma, a borrar los archivos de los intrincados engranajes del pensamiento colectivo. Una especie de virus “Viernes 13” inoculado en el disco duro de nuestro ordenador mental.

Por esa razón, apenas recordamos quiénes somos. Quien sufre de amnesia, deja casi de ser una persona al no conocer su origen, quiénes fueron sus padres, en qué circunstancias nació, cuáles son su nombre y apellidos o su número de identificación fiscal. Se convierte en un simple individuo, como una res en manada.

Los malagueños apenas recordamos que somos uno de los núcleos urbanos más antiguos de Europa; no nos recreamos con los vestigios antiquísimos que aparecen por doquier bajo nuestros cimientos; no exhibimos orgullosamente nuestra Lex Flavia Malacitana que nos consagró como municipio autónomo mucho antes de que ciertas arrogantes ciudades hubieran nacido; no nos jactamos de los incontables episodios de resistencia heroica contra los invasores; no lamentamos ni lamemos las heridas de tantas epidemias, asaltos, quemas de la ciudad o genocidios de los que fueron víctimas nuestros ancestros. Para no evocar, ni rememoramos nuestras glorias.

Así, de tanto no recordar, a los ojos foráneos aparecemos como recién nacidos en una anodina e insignificante urbe recién fundada.

Inclusive, habíamos callado hasta hace muy poco el penúltimo de nuestros suplicios históricos: el tumultuoso éxodo sufrido por antepasados de casi todos nosotros alrededor del 7 de febrero de 1937. Todos, todos casi sin excepción, tenemos alguien, un tío, unos padres, unos abuelos o unos bisabuelos que padecieron aquel tormento, aquella pesadilla, aquel seísmo monstruoso. Y muchos de nosotros perdimos parientes, porque fueron muchos los fugitivos malagueños que murieron sobre el asfalto de la carretera, despeñados en los precipicios o disueltos entre cañaduces y espuma de la mar.

Sobre la Desbandá de Málaga se extendió un manto de silencio desde el mismo 8 de febrero de 1937. El silencio aprovechaba a los dos bandos enfrentados. Los unos, porque no actuaron a nuestro favor y los otros, porque se excedieron actuando en nuestra contra. El recuerdo del drama permaneció sólo en la memoria atormentada de quienes más derecho y más necesidad tenían de olvidarlo, los que lo padecieron. Y éstos, los sufrientes, los que perdieron esa noche o las sucesivas a sus padres, a sus hijos o a sus hermanos, se encontraron luego con la ofensa del silencio pactado porque convenía a los dos bandos; de manera que no encontraron el consuelo de la solidaridad ni tampoco pudieron recibir pésames ni palabras de aliento. Nada. El silencio como una tumba y como un sudario de hielo sobre la sangre derramada y sobre unos enterramientos que ni siquiera sabemos dónde están.

Ahora, bienvenido sea, se quiere, por lo menos, crear una especie de “Bosque de los ausentes” en Torre del Mar, uno de los escenarios del drama. Dicen que lo impulsa la Diputación Provincial de Málaga y existe ya un diseño. Gracias sean dadas a los dioses misericordiosos. Por fin los mártires de la Desbandá de Málaga van a recibir un homenaje de los muchos que merecen.

Pero…

Durante los últimos treinta años, Málaga viene siendo muy generosa en la cesión de sus prerrogativas. Demasiado generosa. Y pudiera ser que con renuncia parecida a una actitud suicida. Ninguno de los organismos e instituciones capitales de la Costa del Sol tiene a Málaga por sede, ni aun los que le corresponde legalmente. A causa de la voraz mecánica engrasada por intereses que nos son ajenos y por nuestro desmemoriado desinterés, Málaga es en la actualidad la capital de provincia menos capital de provincia de todas las capitales de provincia de España. Conviene tener en cuenta que desde el punto de vista protocolario, esta viejísima ciudad, la sexta más poblada de España, es menos importante que Melilla o Ceuta.

Y, sin embargo, hablamos ya con desparpajo y asiduidad de la “Zona Metropolitana de Málaga”. ¿En torno sólo al factor demográfico? Somos una gran población, que no una gran ciudad, porque nuestra amnesia nos ha conducido a dar de lado al concepto de Polis clásica, la ciudad como ágora civilizadora, como polo de las capacidades creativas, impulsora de los intereses e iniciativas y generadora de inquietudes y cultura. Sin instituciones, sin asambleas, sin cámaras, sin parlamentos, sin organismos rectores no hay Polis, sólo ciudad dormitorio.

De peligrosísima manera, metimos en el cajón del olvido nuestra principal seña de identidad, el martirio de Ciriaco y Paula, una de las tradiciones más bellas y antiguas de Andalucía. Ciriaco y Paula ingresaron en ese cajón infame a causa de un par de exabruptos cometidos entre el siglo XIX y el presente por un ángel desorientado y por un demonio maldito. Igual que habíamos metido hasta hace muy poco el martirio de la Desbandá de Málaga. Tanto olvidamos esta tradición fundamental de Málaga, que próximo a cumplirse los 1.700 años del martirio de Ciriaco y Paula, el 18 de junio, nadie habla de ello ni ha organizado los fastos que tendrían lugar en otra urbe menos desmemoriada al cumplirse el XVII centenario de su más valiosa leyenda urbana.

Los mártires de la Desbandá de Málaga fueron en su mayoría capitalinos y huían de la maldición de los dioses, semejante a la de Sodoma y Gomorra, que se precipitaba sobre la capital malagueña. Por eso, y no sólo por eso, es a la ciudad de Málaga a quien corresponde el derecho y el deber de honrarlos. Es aquí donde tendríamos que alzar un monumento inmenso, tan inmenso como fue la tragedia. Somos nosotros, los capitalinos malagueños, quienes tenemos que realizar el esfuerzo de reunir los medios y de encontrar el sitio, ante el mar de Alborán que fue testigo rumoroso del drama, donde con aportaciones de todos (y en primer lugar de las instituciones) levantar ese monumento unitario y desprovisto de rencor donde se solidifique el dolor que tanto nos acongoja.

Cuando vivía en Brasil, asistí dos veces a una ceremonia maravillosa. La noche de fin de año, los fieles de la iglesia sincrética de Umbanda homenajean a su diosa del mar, Iemanjá, lanzando flores al rompeolas. Es fascinante contemplar el rito de noche, desde una ventana más o menos alta de Copacabana; vestidas de blanco, millares de personas se acercan a la orilla con velas encendidas en la mano, entre cánticos al son de tambores y van arrojando las flores al agua. Cuando amanece, el rebalaje se ha convertido en un mecido y ondulante jardín multicolor. La primera vez que lo vi, lo primero que se me ocurrió fue que ésa podría ser, entre Málaga y Motril, una bonita y emocionante manera de honrar a los mártires de la Desbandá de Málaga.

Tenemos que alzar y celebrar un monumento en la capital que agrupe y condense todas las sinergias, en recuerdo de la Desbandá de Málaga. Porque son muertos de todos los malagueños y a todos los malagueños nos compete honrarlos.

viernes, 28 de enero de 2011

¿QUIERE BLANCA ROSA ROCA QUE ME MUERA?

Después de pagarme solo el 3% mis derechos durante seis años y apropiarse del 70% de mi dinero (unos 120.000 euros), Blanca Rosa Roca Asencio (que ya ha reconocido implícitamente su deuda), no ha rectificado todavía desde que me di cuenta de su defraudación hace dos años y reclamé.
Sabe que mi situación es extrema, que no tengo dinero para comer adecuadamente y que no puedo permitirme gastar ni un euro al día. Debiéndome muchos miles de euros, desea que me muera (y se lo ha dicho a un periodista), como si con mi muerte pudiera dejar de pagar lo que debe. MIS HEREDEROS NO LA DEJARAN TANQUILA, según mando en mi testamento.
Un personaje parecido es la protagonista de mi novela “La espesura”, novela que incluye la narración fabulada del drama real de un cantante internacional muy famoso.
En conjunto, La espesura es un elato que usa el escenario y varios personajes de mi novela "Cal viva" (que fue finalista de los premios Café Gijón y Ateneo de Sevilla). Se produce una estafa bancaria en Benaljazmín; dado lo bien que resultaron sus pesquisas sobre las muertes de Cal Viva, Antero Noble es enviado de nuevo por el director del periódico a investigar a la estafadora, Lolita Clavel.
LA ESPESURA. Episodios primeros
Antes de que el escándalo de Lolita Clavel removiera hasta las losas del cementerio, Benaljazmín había sufrido ya un estremecimiento que alteró durante años la apacible biografía del pueblo.
La muerte en misteriosas circunstancias de la Pleita y el Verraco, dos de los vecinos más destacados, había seguido a una cadena de inundaciones que pareció a punto de arrasar no sólo las haciendas, sino la existencia misma de la población, al llevarse junto al limo, la tierra fértil y los cultivos todos los afanes empeñados en una cooperativa agraria en la que participaba la mayoría de los benaljazmineños y en la que habían invertido la totalidad de sus fortunas. La ola loca arrancó de cuajo los frutales recién plantados, desnudó las rocas, segó la vida de varios vecinos y vieron con desolación que el porvenir de sus hijos se les escapaba río abajo, hacia el mar de Alborán. Desesperados, llegaron al convencimiento de que eran víctimas de un sortilegio invocado por las artes mágicas de la anciana a quien apodaban "la Pleita", aojamiento por el que se veían sometidos a las peores calamidades.*
Les parecía tan cierta la maldición, que en los primeros momentos reaccionaron ante la conmoción causada por Lolita Clavel con el fatalismo de quienes se creen condenados al infortunio sin remedio. Pero los hechos demostraron que el ánimo de los benaljazmineños tenía muchas revueltas.
El periodista Antero Noble fue llamado una mañana al despacho del director del periódico, Joaquín Martín, que le preguntó:
-¿Te gustaría volver a investigar un caso en Benaljazmín?
Antero guardaba sentimientos contradictorios de aquel reportaje realizado cinco años atrás, cuando, recién diplomado en la universidad, afrontó la investigación sobre el Verraco y la Pleita con la inseguridad propia de un principiante, pues se involucró en los sucesos con un apasionamiento que la experiencia había ido demostrándole que no convenía al trabajo de un buen periodista.
-¿Otro muerto?
-No. Esto es mucho más noticiable, salvando las distancias. Todo Benaljazmín puede verse en la miseria por los tejemanejes de una señora, de la que resulta difícil asimilar que haya hecho lo que todos dicen que ha hecho. Se llama Lolita Clavel y tiene la cara dura de seguir viviendo en el pueblo a pesar de los pesares, lo que no deja de tener su puntillo de enigmático. Cualquiera en sus circunstancias hubiera puesto tierra de por medio y habría desaparecido, pero ella sigue en la casa donde ha vivido desde que nació, sin alarmarse ni acomplejarse por lo que la insultan por las calles.
-¿Así están las cosas?
-¡Digo! Según me han contado, no sólo le gritan barbaridades al pasar, sino que hay quien llega a tirar baldes de mierda a su paso.
-Pues tiene que ser una andoba con mucho aguante.
-Parece que las mujeres de esa comarca los tienen bien puestos -Martín acompañó el comentario de un gesto con el puño cerrado.
-Tal como era la Pleita de firme y contumaz, sí da la impresión de que lo encrespado del paisaje da carácter a la gente que vive en la zona.
-Ve a ver lo que averiguas -ordenó el director-. Puedes quedarte allí hasta tres días.
-¡Tres días! ¿Tan gordo es el follón?
-Serás tú el que lo determine. Si no están exagerando los damnificados, podríamos encontrarnos ante una noticia de primera plana en la prensa de todo el país.
Cinco años antes, Antero condujo por la Hoya del Guadalhorce un renqueante coche que no paraba de quemar aceite y, tras rodear una colina, fue a toparse con una población que presentaba visos fantasmagóricos todavía a los dos años de padecer catorce riadas en un mes, que habían depositado rastros de lodo por doquier y llevado la tragedia a casi todos los hogares.
Ahora, iba a Benaljazmín en un coche flamante que se encontraba todavía en garantía y lo que vio al pasar la colina era un pueblo pequeño, resplandeciente de cal viva, encaramado en la falda de un monte como si fuese el decorado para la más sugestiva tarjeta postal sureña, una postal cuyo centro ocupaba el campanario de la iglesia destacando sobre la cuadrícula de casitas blancas, que escalaban la cumbre coronada por el penacho de pinsapos, quejigos y acebuches del Coto de la Marquesa. Tanta belleza era, sin duda, resultado de un afán muy tenaz, y revelaba que los benaljazmineños habían sido capaces de conjurar la desgracia y afrontar de nuevo la vida con optimismo.
Condujo los últimos centenares de metros entre arbolitos jóvenes de acacias y jacarandas, obviamente plantados mucho después de las riadas, los cuales proporcionaban amenidad al tramo de carretera recién asfaltada que comunicaba Benaljazmín con la nueva autovía. A esa hora, próximo el mediodía, el sol no abrasaba aún y la brisa movía suavemente los sembrados que orillaban el camino, contribuyendo a crear un ambiente de placidez despreocupada. La fuente de la plaza de Abajo, desmoronada por la ola, había sido reconstruida y cantaban seis chorros rizados de agua entre macetas de geranios. Alrededor, los vehículos estacionados presentaban buen estado y los lugareños, en lugar del desaliento hermético de entonces, no se mostraban abatidos ni huraños a pesar de lo que acababa de ocurrirles. Antero sonrió; los benaljazmineños habían encontrado aliento para restablecerse de la pesadilla de la inundación y sus consecuencias.
Ciriaco el Fraile lo abrazó antes de exclamar:
-¡Antero!, no sabes las veces que he intentado verte en el periódico. Casi siempre que voy a Málaga pregunto por ti.
-¿De veras? Joder, pues nunca me han dado el recado.
-No, si no te dejo recados. Como siempre me decían que andabas por ahí, haciendo reportajes, no quería incomodarte...
El periodista examinó la cara del que había sido el amigo más fiel del Verraco, el hombre que, ofreciéndole su casa y su mesa, le había hecho sentir como si fueran camaradas de toda la vida. Ciriaco parecía ahora más joven que cinco años atrás; claro que, la última vez que hablara con él, estaba detenido en comisaría acusado de los asesinatos del Verraco y la Pleita. Sabía que la cooperativa de Benaljazmín había resurgido de sus cenizas gracias, sobre todo, al afán de Ciriaco el Fraile, cuyos motivos creía conocer: Su esfuerzo había constituido un homenaje al añorado amigo muerto. En el decurso de su investigación periodística de las muertes, sin proponérselo había llenado con su presencia una parte del vacío que Ciriaco sentía por la pérdida del Verraco. Que hubiese intentado visitarlo tantas veces, era un síntoma de esa sustitución del amigo del alma por el periodista que se había interesado tan a fondo por su vida.
-Es verdad -confirmó Antero-, paro muy poco en la redacción. Pero tendrías que haber dejado una nota, hombre; podíamos haber tomado una copa y charlar. Siempre me acuerdo de vosotros y he tratado de estar informado sobre la marcha de la cooperativa. Sé que conseguisteis superar el bache.